Llano y Selva de Colombia

Memorias de la Calle de las Talabarterías de Villavicencio

Escrito por manuelfierro 05-04-2007 en General. Comentarios (5)

Manuel Javier Fierro PatiñoPonencia presentada en el acto de la posesión como miembro de número de la Academía de Historia del Meta, en sesión solemne del día 3 de abril de 2007. Auditorio Mauricio Dieres Montplaisir, Biblioteca Germán Arciniegas, Villavicencio, Meta. Colombia.

Cada ciudad nace, se construye, evoluciona su paisaje urbano y marca tendencias futuras en función de factores de diversa índole.  En el caso de Villavicencio resultó de suma importancia la necesidad creada de un sitio intermedio entre flujos comerciales de oriente, sur y centro de Colombia.  La geografía se confabuló al igual que las condiciones especiales de recursos utilizables para que este sitio sin igual, lleno de razones y soluciones surgiera como foco poblacional y centro de actividades económicas.

 

No importa tanto la fecha de creación, importa el significado que adquiere la ciudad y la identidad evolutiva y compleja en una mezcla de propósitos, razones institucionales y motivos culturales, que la hacen única e irrepetible en el planeta.  Primero como conector comercial y límite cultural entre Chibchas y Guayupes, después como polo evangelizador y centro difusor del predominante modo de producción colonial; también como sendero obligado, punto de acopio, respiro y referencia para mercaderes, ganaderos y productores de alimentos.  De igual forma como sistema amortiguador de tensiones sociales, conflictos urbano-rurales, substrato del contubernio politiquero y como negación a estas notables insolvencias, surge también altiva como centro económico regional.  

 

Las calles son expresiones del espacio urbano por el cual fluyen las dinámicas humanas.  El espacio urbano como producto social obedece a razones también humanas. El territorio es el substrato y allí se asientan las dinámicas económicas, sociales y ambientales.

 

En términos económicos, los cuales suelen ser determinantes en la conformación del espacio urbano, la localización de actividades económicas depende de la productividad urbana, aglomeración, externalidades, medio ambiente, economías de escala y costos de transporte, centralidad, sistemas de transporte, distancia y costos de oportunidad. Tales conceptos son definitivos en la decisión que toman las empresas (o industrias) de localizarse en tal o cual espacio –sea al interior de una ciudad o fuera de ella (en la región)[1].

 

Este texto tratará de abordar el tema de la localización inicial, la permanencia y evolución de la calle de las talabarterías de Villavicencio desde un punto de vista social, espacial y, cultural, sin de dejar de lado las razones económicas e institucionales.  Para esta investigación se entrevistaron en total 9 personas en entrevista informal con preguntas abiertas[2]. De esta manera, será de especial importancia el vivir y la experiencia contada por los mismos actores sobrevivientes de un proceso particularmente cultural que amenaza con ser Terminal.

 

Según relatos de algunos talabarteros de tradición[3], la calle de las talabarterías nace en las postrimerías del siglo XXVIII como resultado de las necesidades de las vaquerías, las cuales requerían de elementos para el desarrollo de su actividad ganadera. La demanda de monturas y aperos, la cuales se habían puesto de moda, para reemplazar una especie de colchón con hojas secas de topocho –especie de hoja de plátano– que ofrecía alguna comodidad al jinete en las grandes travesías jalonó la ubicación de talabarterías en un sitio específico de Villavicencio. 

 

En la época de la colonia y en las primeras décadas del periodo de la independencia, la creciente actividad artesanal de la colonia, especialmente en la provincia del Socorro y en Santafé de Bogotá empezó a mostrar hermosas muestras artesanales cuyos orígenes de diseño provenían de España y toda Europa. Sillas de montar, aperos, sobreros, zapatos, textiles y otros productos elaborados con materias primas de la región permitieron una atractiva actividad para desarrollar. El largo viaje y los elevados fletes incrementaban de una manera exorbitante los costos de estas mercancías, lo cual las hacía poco accesibles en el mercado de las colonias. Tal situación resultó propicia en el más alto grado para el desarrollo de las manufacturas locales y para el auge del contrabando.[4]

 

Los comienzos del siglo XIX vieron un estimable desarrollo de la artesanía en Bogotá. Fue así como el inglés Richard Vawell destacó en sus notas de viaje el hecho de haber en la capital calles taxativamente destinadas a oficios específicos: calle de los plateros, calle de los herreros y calle de los talabarteros[5]. Se confirma entonces que existió en Bogotá un nivel de especialización del espacio urbano en razón a la artesanía del cuero que mas tarde existiría también en la naciente Villavicencio.

 

Surgieron mercados importantes para el oriente colombiano, el cual mostraba excelentes perspectivas para la actividad ganadera.  Además de Santafé de Bogotá, Sogamoso[6], Miraflores, Cáqueza[7] y Chocontá[8] mostraban avances en artesanías para la actividad ganadera.  La tradición española en las guarniciones para caballerías dejó un acervo importante que fue aprovechado hábilmente por mestizos, esclavos libertos y criollos despojados de tierras.

 

La necesidad creciente de monturas y aperos para la próspera actividad ganadera de los Llanos orientales incentivó el mercado de estos productos en donde Cáqueza, Fosca y Fómeque fueron intermediarios y luego origen de emigrantes que se ubicaron finalmente en Villavicencio. Relatos  del padre de Otoniel Orduz y relatados a su hijo[9] demuestran que después del gran incendio que acabó con cerca de 200 casas de Villavicencio, ocurrido en enero de 1890, se reconstruyó el poblado y en lo que en ese entonces era el costado occidental de la iglesia y una cuadra más hacia el norte, se ubicó Salvador Martínez, el primer talabartero que fundó un negocio de este tipo en Villavicencio.

 

Salvador Martínez era oriundo de Sogamoso y se especializó en la fabricación de alpargatas, curtiembres y artículos de talabartería. La curtiembre la realizó de manera artesanal a orillas del Caño Parrado.  Estas actividades eran muy lucrativas dado que ofrecía a un vasto mercado constituido por las ganaderías que llevaban a Villavicencio, desde Arauca, las sabanas del Meta, los llanos de Casanare y San Martín. Villavicencio era un parador obligado para preparar la travesía de la cordillera oriental, ofrecía todas las condiciones para el descanso, la farra y la compra de elementos para el hato[10].   

 

Salvador Martínez curtía los cueros de manera artesanal, principalmente fabricaba suelas para alpargatas y tenía un taller en el que laboraban 18 obreros, de los cuales 6 eran talabarteros.

 

Sobre este personaje Otoniel Orduz menciona: “El Señor Salvador Martínez era amigo de mi papá, yo tenia 13 años y al escuchar todas las historias sobre la abundancia del trabajo en Villavicencio, le pedí que me llevara a trabajar. El me dijo que les pidiera permiso a mis padres, me dio una plata y me dijo que me esperaba en Villavicencio. Llegué a Villavicencio y me dediqué a coser quimbas para Salvador Martínez, luego me dediqué a la  zapatería y finalmente a hacer fustes para sillas de montar. En el negocio se vendía todos los días. Don Salvador tenía mucha clientela, especialmente en los meses de enero y junio, cuando llegaban los vaqueros”.

 

Los artesanos que trabajaban con Salvador Martínez eran especialmente de Cundinamarca, especialmente de Bogotá y Cáqueza. Luego de Salvador Martínez llegaron artesanos talabarteros de Cáqueza. Herrando Parrado con 70 años y Eberto Corredor con 71 años en la actualidad, hijos de talabarteros y actualmente los talabarteros de mayor tradición en Villavicencio, confirman la procedencia de los talabarteros, especialmente de Cáqueza. Después del gran incendio de 1890 y tiempo después, al finalizar la guerra de los mil días se ubicaron otros talabarteros en Villavicencio.

 

Hernando Parrado cuenta: “Mi papá Jorge Parrado de Cáqueza, trajo a los fusteros de Sogamoso, Alejandro y Otoniel Orduz, luego también con mi tío Miguel Parrado se ubicaron en la calle de las talabarterías, siendo los dos primeros talabarteros, además de Salvador Martínez. La calle era empedrada. Había posadas y el paradero de las bestias era en lo que hoy es el parque infantil. Las calles tenían una zanga en la mitad por donde corría agua, también había árboles donde la gente amarraba las bestias. En las posadas habían gindaderos de chinchorros, también abundaban la venta de chicha y cerveza. Doña Rosa María Parrado tenía una posada muy famosa, ubicada en la calle de las talabarterías, en donde ahora queda el Edificio del Comité de Ganaderos. Mi abuelo era Abogado y quiso que sus hijos aprendieran la talabartería como oficio, por eso contactó a talabarteros y fusteros para iniciar la industria”.

 

La calle se conformó debido a la facilidad de acceso para los ganaderos, la cercanía con los paraderos de ganado y la ubicación en el centro de la ciudad donde había posadas, restaurantes, sitios de esparcimiento, ventas de textiles, zapaterías y sombrererías. Se buscaba una eficiencia en la localización, lo cual disminuía costos para los talabarteros y para los ganaderos. Es común que en la conformación inicial de los centros urbanos y ante las dificultades de transporte de mercancías  y desplazamiento de las personas se desarrollen los oficios básicos como ebanistas, carpinteros, herreros, costureros y talabarteros. En algunos casos estás nacientes microindustrias se transforman en grandes empresas en razón al tamaño del mercado y a la incorporación de adelantos tecnológicos.  Villavicencio era un pueblo que producía casi todo lo que necesitaba. Solo algunas cosas eran traídas de Bogotá, tales como zapatos finos, licores, vestidos finos, adornos, joyas, cosas suntuosas y sombreros.  Mientras tanto en el país existía un gran debate político sobre el libre mercado y el proteccionismo, cosa que poco influía en el Llano[11]. 

 

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Calle de las talabarterías 1910. FAFO.

 

La calle de las talabarterías era central y ofrecía un buen surtido, además se podía acceder a otros servicios y mercancías. El negocio de la talabartería llamó la atención de nuevos talabarteros, los cuales se fueron ubicando progresivamente en la mencionada calle.  La ganadería fue el principal aliciente para la prosperidad del negocio.[12]



[1] Krugman, Paul, La Organización Espontánea de la Economía, Antoni Bosch, editor, Barcelona.1996.

[2] Eberto Corredor, Hernando Parrado, Epaminondas Ramirez, Drigelio Barbosa, Manuel Fierro, Otoniel Ordoñez, Lalo Sanabria, Otoniel Orduz y Socorro Hermandez. Febrero 2007.

[3] Especialmente Eberto Corredor y Hernando Parrado

[4] Luis Trejos. Economía entre los siglos XXVIII y XIX en Bitácoras de Bogotá. 2006.

[5] Idem.

[6] La Colonia permitió, que Sogamoso reafirmara el renombre de sus certámenes feriales Es muy conocido el testimonio del Diputado de Sogamoso don Emigdio Benítez ante el primer congreso General del Reino, reunido en Santa fe en diciembre de 1810 cuando al defender la admisión de nuestra Villa republicana en dicho estamento, apoderó las fiestas de Sogamoso, señalándolas como “ las mejores del reino” y resaltó en encendidas frases, el potencial económico de la población tal como lo habían hecho el Historiador de la Colonia y misionero en Sogamoso y Tota, Fray Pedro Simón, en sus “ Noticias historiales de la conquista de tierra Firme en las Indias Occidentales” (1627) y el también historiador Basilio Fernández de Oviedo en la obra “ Cualidades y riquezas del Nuevo Revino de Granada” (1748).

[7] Existía una notable actividad artesanal en Cáqueza la cual fue promovida por los religiosos, en una forma para ofrecer trabajo a la población desempleada.

[8] El oficio de la talabartería es importante en Chocontá, en donde se producían unas de las mejores monturas.

[9] Experto fustero nacido en Sogamoso, ahora con 95 años y que trabajó junto a Salvador Martínez.

[10] Villavo era en esa época una iglesia con ranchos de paja. Había sí buenos bares y buenas muchachas para calmar la sed que nos venía atormentando. De los tres pesos oro que nos pagaban por la travesía se apartaban cincuenta centavos para el regreso, se compraban dos mudas y un caucho, y el resto se botaba en mujeres y trago. Se ganadeaba para poder gastar en Villavicencio y se gastaba en Villavicencio para seguir ganadeando. Molano Alfredo. Del llano llano: relatos y testimonios Edición original: Santafé de Bogotá, El Áncora Editores, 1996.

[11] Los artesanos fueron importantes activistas en Bogotá y algunas provincias como el Socorro y Cundinamarca. A finales del siglo XIX se crearon las Sociedades de Artesanos que fueron determinantes en las disputas partidistas. El clero también creo sociedades de artesanos que hacían contrapeso a las ideas liberales de algunos artesanos.

[12] Las fotos son de FAFO: Imágenes del Pasado. Fundación Archivo Fotográfico de la Orinoquia.1996

Auge de la Calle de las Talabarterías

Escrito por manuelfierro 05-04-2007 en General. Comentarios (1)

Los Llanos orientales fueron rápidamente reconocidos por su potencial ganadero. La música, los poemas, las costumbres y la cultura llanera se identificaron claramente con la actividad ganadera. La talabartería adquirió entonces una razón diferente a lo meramente económico, se convirtió poco a poco en un oficio con identidad para la cultura llanera.  Los talabarteros, ganaderos y vaqueros construían buenas relaciones, eran dicharacheros y buenos amigos. Los vaqueros recomendaron cambios en las monturas y aperos, se hicieron algunas innovaciones de diseño y finalmente se llegó a una muy buena calidad del producto. La silla vaquera[1] por excelencia exigía una calidad a prueba de las inclemencias del clima, resistencia y calidad de los materiales.

 

El caballo, las mulas y asnales eran el principal medio de transporte, además debido a la importancia de la ganadería, la demanda de guarniciones para vaquería era cada vez más importante.  Cuando en el mes de junio salían 10.000 a 20.000 cabezas de ganado se vendía todo el surtido en la calle de las talabarterías. Villavicencio era el centro de distribución de mercancías para todo el llano.

 

Cuenta Otoniel Orduz “Se llevaban comitivas 200 a 400 novillos para Bogotá, a través de un camino estrecho y peligroso bordeado por sendos abismos.  Los viajeros que venían en vía contraria tenían que devolverse y ponerse a salvo ante la arremetida del ganado, algunas personas terminaban colgadas de los árboles para salvarse de la embestida. Las calles principales de Villavicencio eran empedradas, tenían una zanga por donde corría agua tomadas de las fuentes altas que bordeaban el cerro que ahora recibe el nombre de Cristo Rey.  El agua en las mañanas era clara y pura, por lo que algunos pobladores aprovechaban para recogerla y utilizarla para labores domésticas. Algunas personas hacían recipientes grandes de madera que llamaban “canoas” y con las cuales se recogía agua para cocinar.  Como la calle era de piedra, en medio de las piedras crecía hierba y algunos muchachos se ganaban la vida limpiando estos bordes.  La gente sacaba sus sillas de madera a la puerta y conversaban animosamente, especialmente los domingos”.

La vida de la ciudad a finales del siglo XIX era muy movida. Por la ciudad pasaban viajeros que venían de San Martín, del río Meta, de los llanos araucanos y que venían o se dirigían a Bogotá. Villavicencio era la ciudad de paso ideal. Además de la característica actividad comercial, la ciudad fue centro evangelizador. Los religiosos serían duros críticos de la vida aparentemente libertina de la naciente Villavicencio. En 1860 llegaron los Padres Dominicos (12 en total) y se hicieron cargo del trabajo pastoral en la recién fundada Villavicencio y en todo el llano. Sobresale la figura del Padre José de Calazans Vela, viajero incansable, que atendía el inmenso territorio comprendido entre el Meta y el Guaviare. En 1896, meses después de la muerte del Padre Vela, llegaron los padres Salesianos, quienes atendieron las parroquias de Villavicencio, San Martín, Uribe y Surimena por pocos años. Debieron salir a comienzos de siglo, pasada la guerra de los Mil Días. Regresaron en 1964 para hacerse cargo de la Prefectura Apostólica del Ariari.

Los Monfortianos llegaron a reforzar tres parroquias (Villavicencio, San Martín y Medina), en las cuales comenzaron su trabajo apostólico. Monseñor Guiot creó seis más y dedicó su acción pastoral a continuar el proceso evangelizador iniciado por los misioneros anteriores.  La Pastoral Social estuvo en manos de los Padres Mauricio Dieres Montplaisir y Gabriel Capdeville. La iglesia trajo una dinámica cultural, medios de comunicación y nuevas formas de esparcimiento para los feligreses. Entre las realizaciones de aquella época se cuentan: la Imprenta San José, el Periódico Eco de Oriente, el Hospital Montfort, el Banco de Ahorros San José, el Patronato San José (escuela de artes y oficios), la Biblioteca y el Museo Agustín Codazzi, la Banda Sinfónica Santa Cecilia, la Escuela de Sordomudos (primera fundada en el País), gran cantidad de Escuelas, el Teatro Verdun y los estudios topográficos para la conexión Bogotá-Orocué.  En la labor educativa participaron activamente las Hijas de La Sabiduría llegadas en 1905 y los Hermanos de La Salle en 1921[2].  

Las casas del centro de la ciudad eran hechas de abobe grueso y techo de paja. Las puertas en madera y de un nivel. A comienzos del siglo XX solamente existían dos casas de dos niveles, una de las cuales se ubicaba en la calle de las talabarterías.  Al costado occidental de la iglesia existía un lote donde permanecían las bestias de los feligreses mientras asistían a misa.  La iglesia organizaba festejos y obras sociales en el que participaban también algunos talabarteros.  Cuenta don Otoniel Orduz que los talabarteros se hicieron conocer por ser trabajadores incansables y buenos negociantes. Los sábados los obreros entregaban la obra contratada y recibían la paga, entonces se departía un poco con los dueños de las talabarterías, lo cual se festejaba con chicha y cerveza. La cerveza que se vendía era de muy buena calidad, ya que era elaborada por alemanes en Bogotá. Se fabricaba con tapa de corcho y un soporte de alambre para que la espuma no escapara. Por esta razón, algunos ciudadanos trataron de establecer una relación entre el gusto por el trabajo del cuero y el gusto por el alcohol. Rumor que a la larga no logró dañar la imagen de buenos artesanos y comerciantes honestos que han tenido los talabarteros.

 

Como se ha demostrado, Cundinamarca fue cuna importante de talabarteros. Luis Ascencio y Apolinar Rojas fueron talabarteros excelentes de Chocontá, pero nunca visitaron Villavicencio. Apolinar Rojas fue maestro de Luis E. Pachón nacido en Chiquinquirá, quien se instaló tiempo después que los hermanos Parrado en la calle de las talabarterías.  Se caracterizó por su trabajo meticuloso y de alta calidad. Una de sus creaciones se encuentra en el museo nacional. Después de los hermanos Parrado se instalaron en la calle los siguientes talabarteros: Luís M. Corredor, quien era oriundo de Cáqueza y fue aprendiz de Salvador Martínez, Neptalí Hernández quien al parecer también era de Cáqueza. También llegaron Rafael Cadena, Heraclides Rey, Merardo Moreno y Arturo Medina.



[1] La silla vaquera tuvo su origen en Sogamoso, se hicieron en Villavicencio algunos cambios de diseño que la hicieron más resistente y cómoda para los vaqueros.

[2] Datos obtenidos del secretariado regional de la pastoral social. Cáritas Suroriente Colombiano. 2006.

La Modernización de Villavicencio

Escrito por manuelfierro 05-04-2007 en General. Comentarios (4)

Con la apertura de la carretera Bogotá – Villavicencio en 1936, llegaron muchos más colonos y la ciudad creció rápidamente. La calle de las talabarterías siguió prosperando y solo tuvo un momento de decaimiento económico al inicio de la violencia.  En la década de los 40 a los 50 ya existían cerca de 14 talabarteros, después en los cincuenta fueron aproximadamente 17.  En el período de la violencia, después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, algunos talabarteros se desplazaron a Bogotá Entre estos están Arturo Medina, los hermanos Parrado, Luís M. Corredor y Luís Pachón. Después retornaron a su actividad en la misma calle de las talabarterías.

 

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Isidro Chingaté, nacido en Cáqueza, permaneció en la calle de las talabarterías después de recibirle una talabartería a un primo, quien tuvo que marcharse en razón al conflicto partidista. Chingaté se instaló definitivamente en la calle de las  talabarterías de manera permanente. Fue reconocido por su liderazgo y espíritu cívico. A menudo organizaba reuniones y agasajos en donde participaban sus colegas.

 

Villavicencio tuvo un auge sin igual en las décadas 50 y 60. Llegaron grandes oleadas migratorias, especialmente de los departamentos de Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Santander. La ciudad incorporó procesos de modernización y desarrollo urbano. Desde finales de los cuarenta, se localizaron nuevas instituciones del gobierno[1], se pavimentaron la mayoría de calles del centro. Se construyeron puentes y así mismo apareció una mayor dinámica comercial que incluía nuevos productos, generalmente construidos en fábricas de Bogotá o en el exterior.

 

Hernando Parrado comenta. “A la calle venían muchas personas, compraban, se hospedaban en un hotel llamado Florencia, atendido por las señoras Eva y Delfina, ubicado en el centro de la calle al costado occidental. También era reconocida la heladería de la Chata Emilia, sitio en donde se tomaba y se charlaba gratamente, estaba ubicada en la esquina norte de la calle. Existía buena comida, por ejemplo el restaurante de doña Socorro y almacenes que se fueron estableciendo en el centro, algunos de ellos en la misma cuadra”.

 

Los ganaderos seguían trayendo grandes grupos de ganado, por tierra y vía fluvial. La plaza de mercado de Villavicencio se ubicó en la zona del Villajulia. El transporte terrestre paso del uso de las bestias a los camiones y buses, cerca de la plaza principal existió un Terminal de vehículos en donde fue muy famosa la empresa de transporte “La Favorita”.  En el año de 1953 fue creada la empresa de transportes Flota la Macarena S.A. la cuál desde sus inicios fue una empresa líder en el transporte de pasajeros por vía terrestre en la región oriental de Colombia.  Después de terminar el período de la violencia, se instalaron en la Calle otros talabarteros: Jorge Botia Sánchez, Adan Gutierrez, Pedro Pablo Beltrán, Antonio Torres, Gustavo Torres y Merardo Baquero.

 

La dinámica comercial mucho más diversificada modificó la estructura del centro con nuevos negocios que incluían equipos y maquinaria para el agro, librerías, elementos modernos para el hogar, ferretería y materiales de construcción.  La calle de las talabarterías fue pavimentada y llegaron nuevos negocios. No obstante la diversificación, la actividad resultó siendo muy lucrativa en razón a la ampliación de la frontera agrícola, nuevos ganaderos y mucho más población rural que requería guarniciones para vaquería. La oferta de las talabarterías cambio también, adicionando otros elementos de cuero: maletas, maletines, arreglos o reparaciones y marroquinería fina, mercancías que eran traídas de Bogotá, poblaciones de Cundinamarca, Tolima y Nariño. 

 

En la década de los años sesenta Villavicencio ya era otra ciudad. Se desarrolló de manera acelerada. Se planificaron importantes obras de urbanismo como la Avenida Alfonso López, la avenida del Llano, la Plazoleta del Villajulia, la Plazoleta de los Centauros, Parque Hacha, entre otras. 

 

La calle de las talabarterías se modernizó después de la construcción de nuevos edificios.  Se construyeron dos casas de dos niveles, con locales amplios y una nueva noción arquitectónica, se cambiaron materiales del techo, cielorrasos y pinturas en la mayoría de las casas. Igualmente aparecieron nuevos negocios en una oferta mucho más especializada. Almacenes de telas, vestuario, ferretería, herrajes, droguerías, restaurantes y heladerías. Fueron adquiriendo más importancia otro tipo de negocios, más acordes con la vida moderna citadina y los adelantos tecnológicos. Se está manera se inicia un periodo de declive respecto a otras actividades artesanales o comerciales. No obstante, las ventas continuaban en un buen nivel. Se instaló el Almacén Fabricato, un negocio de telas de Enrique Hagar, el Hotel Florencia, el Almacén Herdello de Hernando Delgadillo y la Heladería Tabarí, unos años más tarde el Almacén la Llave.

 

En este periodo de modernización urbana en las décadas de los 60 y 70 permanecían las talabarterías: De doña Rosa Roncancio, Talabartería “Luis M. Corredor” de Luis M. Corredor y años más tarde continuó su hijo Eberto Corredor Castell, Talabartería “Arauca” de Heraclides Rey, Talabartería “La Independencia” de Alfonso Baquero; La Talabartería “Éxito” de Neptalí Hernández, La talabartería de Luis M. Rojas, la talabartería “Casanare” de Jorge Parrado, la  talabartería “Villavicencio” de Hernando Parrado; la talabartería “Corozal” de  Rafael Cadena, la talabartería  Tolima de Javier Mejía, las talabartería “Las Palmeras” de Marcos Vásquez, la talabartería “Llanera” de Isidro Chingaté y la talabartería Luís E. Pachón. Estas dos últimas talabarterías ubicadas al extremo sur oriental de la calle, adquirieron como atractivo dos caballos trabajados en cuasi-taxidermia, en tamaño natural, que obviamente llamaban la atención de los transeúntes.



[1] Aparece la Caja Agraria, la brigada del ejército y nuevos edificios gubernamentales.

Comienza el declive de la Calle

Escrito por manuelfierro 05-04-2007 en General. Comentarios (7)

Algunos talabarteros ya de edad fueron muriendo sin dejar herederos interesados en continuar con el negocio, otros se trasladaron y solo un puñado de ellos continuaron la tradición.  Fueron apareciendo nuevos talabarteros, quienes aprendieron siendo obreros de los talabarteros tradicionales, adquirieron otras talabarterías o vinieron de otras partes del país. Por ejemplo, Llegaron los hermanos Ramírez de la zona esmeraldera de Boyacá (Temístocles y Epaminondas) quienes fundaron las talabarterías Trinidad y Ramírez en el año 1969. La dinámica comercial de la calle no disminuía.  Tiempo después Marcos Ramírez abrió la talabartería de los llanos.

 

Al respecto Epaminondas Ramírez comenta: “Llegamos en el año 1969, compramos un negocio en 70 mil pesos, a los 5 días lo vendimos en 170 mil. Llegamos de la zona esmeraldífera de Boyacá. Compramos el negocio y nos fue muy bien. En ese tiempo se vendía mucho. Dominamos la plaza por 20 años y finalmente perdimos todo. Sin embargo, todavía seguimos trabajando porque este arte es muy lindo que no debe acabarse. Hoy estoy con mi hermano Marcos.”

 

Los talabarteros antiguos de la primera época no queda ninguno, ya todos han fallecido.  Solamente quedan Eberto Corredor Castell hijo de Luis M. Corredor y Hernando Parrado, hijo de Jorge Parrado. 

 

Desafortunadamente parece que la saga de talabarteros de tradición termina en esta generación, pues ninguno de sus hijos ha aprendido el arte. Igualmente, de los fusteros que trabajaron en esta calle solamente está vivo Otoniel Orduz, quien tiene 95 años y goza de gran lucidez, pero hace tres años dejó el oficio sin enseñarle a alguien. 

 

El siguiente es un listado de los talabarteros que han muerto, lista elaborada por Epaminondas Ramírez para rendirles homenaje. Descansen en Paz:

 

Luís M. Corredor

Luís E. Pachón

Luís M. Rojas

Benedicto Pachón

Jorge Botia

Pablo Torres

Adán Álvarez

Isidro Chingaté

María Viuda de Pachón

Jorge Parrado

Neptalí Hernández

Heraclides Rey

Libardo Rey

Leopoldo Baquero

Rafael Cadena

Alfonso Baquero

Israel Ovalle

Gustavo Torres

Vicente Noguera

Javier Mejía

Jorge Rojas

Nicolás Hernández

Marco A. Vásquez

Mario Tejedor

Temístocles Ramírez

 

Debido a los altos costos de los arriendos y la disminución de la dinámica comercial, fueron apareciendo nuevas talabarterías, ya no en el centro de la ciudad sino en los barrios.  Ya hacia el año 1965 Ernesto Fonseca Velandia creo una talabartería en el barrio Porvenir. Igualmente, un sobrino de don Luís E. Pachón también abrió la talabartería Santa fe, también en el barrio Porvenir.  

 

Drigelio Barbosa tenía su taller en el barrio El Retiro, también vendía elementos de talabartería por mayor y al detal. En este taller llegó a tener cerca de 18 obreros.  Se hicieron innovaciones de proceso, cortando material en serie y ensamblando las sillas, dividiendo el trabajo de los obreros, cuando los pedidos eran muy grandes. Sin embargo, las herramientas, las máquinas y los materiales seguían siendo los mismos, siendo una actividad eminentemente artesanal.

 

También se abrieron otras talabarterías en los pueblos de Casanare, Meta y Arauca. En el Meta se abrieron negocios en  Restrepo, Cumaral, San Martín, Granada, Acacías y también en los pueblos más alejados como Vistahermosa y Lejanías, lo cual cubrió una buena parte de la demanda.   

 

Existe una nueva generación de talabarteros que tuvo origen en antiguos obreros que aprendieron el arte con los grandes maestros, también en nuevos comerciantes que vieron en la talabartería una buena oportunidad como oficio. Por ejemplo, Drigelio Barbosa y Lalo Sanabria quienes aprendieron con el maestro Luis M. Corredor. También, Manuel Fierro que vislumbró en el negocio de la talabartería su proyecto de vida, se instaló junto con Drigelio Barbosa con la Talabartería Don Danilo en el año 1983.

 

Manuel Fierro había trabajado como administrador de la talabartería y ferretería del Comité de Ganaderos del Meta, que funcionaba en la calle 34. La empresa finalmente liquidó sus almacenes y a sus empleados. Entonces Manuel Fierro aprovechó la experiencia, algunos ahorros y en sociedad con Drigelio Barbosa compraron la talabartería de Luis E. Pachón a la viuda María de Pachón, instalándose definitivamente en la calle de las talabarterías. Tres años después la sociedad se disolvió y cada uno abrió su talabartería. Manuel Fierro continuo con la razón social “Don Danilo” y Drigelio Barbosa con la talabartería “Las Corocoras”.

 

De esta nueva saga hacen parte talabarteros como Noe y Omar Sanabria, Fabio Barbosa, Erizalde Barbosa y José Vanegas. Nelly Prieto, quien era empleada de Luis E. Pachón y luego abrió una talabartería en otro barrio de Villavicencio. También existen algunos fusteros como Cristóbal Ramírez en Villanueva, Casanare, quienes todavía mantienen la tradición en la fabricación manual de fustes en madera.  Sin embargo, con la muerte de los grandes maestros del  arte de la talabartería parece  que se  va también el alma de la cuadra. 

 

Los gritos de los muchachos, correr del agua por el medio de la calle empredada del siglo pasado, el relincho de las bestias amarradas a la entrada de los negocios ya es pasado que llena de nostalgia la mente de los talabarteros.  Las tardes dicharacheras de la calle de las talabarterías con los ganaderos y vaqueros en donde se compartían y mezclaban historias de pueblo y travesía solo viven en el alma de los maestros fallecidos y en los recuerdos remotos de los abuelos.

El Ocaso de la Calle de las Talabarterías

Escrito por manuelfierro 05-04-2007 en General. Comentarios (0)

Varios cambios han ocurrido en este último período. De una parte la demanda por nuevos materiales y estilos de aperos y monturas ha disminuido la labor manual y artística.  Por ejemplo, de Venezuela llegó el fuste de polímero o fibra, de color blanco y alta resistencia que ha reemplazado al fuste de madera.  Ahora se fabrica en Sogamoso y se distribuye a todas las talabarterías del Llano. Las sogas de Nylon han reemplazado al rejo de cuero crudo. El gusto y estilo de las sillas de montar se ha modificado. Los bastos de la silla, o sea el cojín que la une al dorso del caballo, antes eran cojines rellenos de paja, después también se utilizó relleno de colchón y ahora se utiliza un material sintético espumoso de alta resistencia.  Las correas y arciones se reemplazan en algunos casos con reatas de nylon. La cincha que antes era de cerda ahora también es de nylon.

 

En las décadas de los años ochenta y noventa la creación de nuevas talabarterías en los pueblos, la disminución de la importancia de la vaquería y la ganadería misma, los problemas de orden público y los cambios en las costumbres provocaron un declive económico, que se manifestó principalmente con el cierre progresivo de negocios, llegando al pequeño número de hoy.  De un número de 18 en épocas de bonanza y un total de 100 obreros se  ha llegado al reducido número de 9 talabarterías y aproximadamente 25 obreros.  En la época negra de amenazas, boleteo y extorsiones a los ganaderos, la calle también sufrió por la baja en las ventas. Ahora con la recuperación de la seguridad algunos ganaderos de Bogotá han retornado a sus fincas y a menudo visitan la calle, pero la dinámica comercial no es la misma. 

 

Las ventas en la calle se han reducido y el costo de la renta provoca el reemplazo de estos negocios por otros mucho más rentables.  Se han instalado cafeterías, papelerías, cibercafés, cafeterías, licoreras, restaurantes, venta de ropa, servicio de comunicación celular y tabernas.  Todos estos factores hacen que la calle de las talabarterías esté agonizando como patrimonio cultural de los villavicenses.  Aquella época en la que llegaban en series de 40 a 60 vaqueros con cada comitiva y en gran algarabía a comprar todos los aperos y monturas después de una larga travesía por las sabanas y aguas del llano, ya es una historia para los recuerdos.  Ahora los ganaderos ya utilizan camperos modernos, motos y monturas modificadas.  Los nuevos negocios incorporan modificaciones en las fachadas que dañan la estética antigua que tradicionalmente había mantenido la calle.

 

De los talabarteros actuales se destaca Drigelio Barbosa quien ha logrado ampliar mercados y distribuir mercancías a negocios de otros pueblos y  además canalizando inversión gubernamental. Con esta forma de expansión ha logrado crecer en la cuadra con tres negocios. Ha abierto dos nuevas talabarterías, una la talabartería “Llanera” la compró a la viuda de Isidro Chingaté, la última la llamó “Las corocoras del Llano” y la maneja su hija Stella Barbosa.   También se destaca Marcos Ramírez quien incursionó en el campo de la marroquinería abriendo un negocio de este tipo, además utilizando nuevas y efectivas estrategias empresariales, por lo que ahora es de los negocios más completos.

 

Las talabarterías actuales son:   Los tres negocios de Drigelio Barbosa, la talabartería “Villavicencio” de Hernando Parrado, la talabartería “Corredor” de Eberto Corredor, un taller de talabartería de Ceferino Tejedor, la “Talabartería de los Llanos” de Marcos Ramírez, la talabartería “Ramirez” del mono Epaminondas Ramirez y la talabartería “Don Danilo” de Manuelito Fierro.  En total son 9 negocios de talabartería y uno de marroquinería que subsisten en la actualidad.   

 

Todos los talabarteros son una muestra de perseverancia y esperanza. Una mezcla de artesano y comerciante, pero ante todo…. Sienten un profundo amor por esta tierra 

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